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Calica tenía talento

Lo vi recibir una pelota pegada a la banda derecha, le salió el primer marcador y lo superó con un recorte hacia su pierna izquierda, es el fragmento del relato de Rely Maradiaga contando una gran historia.

Calica tenía talento Ilustración Alejandra Marie Chévez - Ted Brand Studio

Cuando eres el jugador más malo del equipo, no te puedes permitir llegar tarde a los partidos. Los que juegan bien, los que tienen algo distinto en las piernas, pueden darse esos lujos. El resto de los mortales, no.

Y cuando yo tenía 12 años, era muy de los mortales. El Racing de Siguatepeque, era un equipo de cipotes que éramos dirigidos por Amílcar, un talabartero que en sus ratos libres, la hacía de técnico. Un hombre más generoso que estratega. Darme una oportunidad a mí, era muestra de su gran corazón. Aunque eso atentara contra los intereses del equipo.

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Como les decía, los malos éramos los primeros en llegar al campo del barrio El Parnaso, un campo donde primero jugaban los muchachos mayores y después los niños. Y en uno de esos días que llegué 40 minutos antes de mi partido, lo vi jugar por primera vez. Era bajito, flaco, y cuando corría, la camiseta se le inflaba. No era muy hablador, pero siempre estaba en el lugar correcto para recibir la pelota y causar daño, mucho daño.

Lo vi recibir una pelota pegada a la banda derecha, le salió el primer marcador y lo superó con un recorte hacia su pierna izquierda. Adelantó la esférica un par de metros, le salió un segundo defensor y otro recorte dejó atrás al rival. La pelota quedó justo en la esquina del área, desde donde sacó un tiro impresionante. ¡Clanc! Se escuchó cuando la número cinco pegó en el poste más lejano y se metió.

El gol fue sorprendente y la reacción mucho más. Apenas un par de gritos, un par de aplausos, los compañeros ni siquiera lo abrazaron, solo un par de ellos chocaron la mano con él. De hecho, el autor del gol más lindo que yo había visto en ese campo, apenas y soltó una sonrisa. Con el tiempo entendí, que aquellos golazos, eran tan seguidos, que ya eran comunes.

Se llama José, pero en el campo le conocían bajo el apodo de “Calica”. Durante los siguientes fines de semana, me convertí en su primer y último fanático. Ahora llegaba dos horas antes para verlo jugar y en mi mente aprender de su fútbol. Le digo en mi mente, porque aquellas jugadas imaginarias, nunca fueron ejecutadas por mis piernas, carentes del talento que a Calica le sobraba.

-¡Ese maje es otro pedo! – comentaban sus compañeros de la banca

-¡Dale Calica, hacelos que arrojen! – Gritaba su entrenador

-¡Ese cipote va a llegar a primera! – Reflexionaba un señor de sombrero con una cerveza en mano

Cada sábado, el flaco Calica, nos regalaba un truco nuevo. Una vez le vi pegando una pelota en el horizontal desde un tiro de esquina, otra vez definir con el externo desde la media luna, poniéndola en el ángulo. Y cuidado le pegabas, cuidado le hacías una falta porque primero iba a marcar el gol desde el tiro libre y después, la venganza de Calica se completaba al dejarte botado en la grama con un cambio de ritmo infernal.

Sus compañeros, no eran tan buenos como él. De hecho, su equipo ganaba un partido y perdía el siguiente. Pero incluso perdiendo, Calica siempre era el mejor. Aunque su equipo sólo marcara un gol y recibiera cuatro, ese solitario gol marcado por Calica, era tan bonito, que valía la pena aguantar el sol de mediodía. Nadie tenía dudas, el destino de Calica, era la primera división, la selección, la gloria pues.

Pero un sábado, Calica no se presentó al partido. Sus compañeros mandaron a un par de cipotes en bicicleta, para que fueran a la casa de la estrella a preguntar por su ausencia. Minutos más tarde, bajaron aquellos cipotes y sudando, recuperando el aliento, uno de ellos dijo:

-La mamá de Calica no sabe nada. Dice que desde ayer en la mañana se fue.

¿Se fue? ¿Para dónde?

Nadie tuvo ni siquiera una idea. El partido tuvo que afrontarse sin el mejor jugador. Su equipo lo extrañó y la pelota un poco más. Incluso creo que sus rivales, también lo extrañaron un poco. Porque ganaron, pero con el asterisco, con la nota agregada, de que vencieron al equipo de Calica, sin Calica.

Eran otros tiempos. Casi nadie tenía celular. No había redes sociales. Así que tocó esperar una semana para volver al campo, con la ilusión de volver a ver a Calica. No. Tampoco se presentó, pero sus compañeros, ya no mandaron a ningún cipote a buscarlo.

En el campo, no se comentaba de otra cosa. Calica llamó un día antes a su madre, para decirle que estaba bien, para contarle que ya estaba en Tamaulipas, que estaba esperando un camión que lo iba a llevar a la frontera con los Estados Unidos.

-¿Y a quién fue que preñó? – Preguntó el entrenador

-A Mayra, la hija de Doña Martha – respondió uno de los jugadores, mientras se subía las medias verdes

-¿Y por qué se fue hombre? ¡Bien podía criar a ese cipote acá trabajando de cualquier cosa!

Nadie pudo responder esa segunda pregunta del entrenador. Calica se llevó su talento, pero también todas las respuestas.

12 años más tarde, un domingo por la mañana, yo estaba esperando que arrancara el bus con destino a Tegucigalpa. Yo iba en el tercer asiento cuando escuché al cobrador:

Oime Calica, yo creo que no voy a hacer el viaje de la tarde

El nombre rebotó en mi cabeza. Calica, Calica, Calica. ¿De dónde conozco ese nombre de Calica? Miré al conductor y claro. Todos los recuerdos llegaron de un solo. Ya no era flaco, de hecho ahora estaba del otro lado de la balanza. Ya no usaba el pelo parado, ahora su peinado era aplastado por una gorra desgastada.

-No tuve huevos, compa – Esa fue su respuesta ante mi pregunta de su repentina migración. Calica sabía qué hacer con un balón de futbol, pero no sabía cómo enseñarle a un hijo a dominarla. Calica era el más valiente del campo, pero fuera de él, sólo era un muchacho asustado por las consecuencias de una calentura.

A Calica le faltó un entrenador fuera del terreno de juego. Alguien que le dijera que un hijo, no era un impedimento, al contrario, pudo ser su mayor motivación dentro del verde césped. Ese entrenador de la vida, tuvo que ser su papá, pero abandonó el cargo 16 años antes. Su hijo, el gran Calica, solo repitió lo único que le enseñó su padre, huir.

Calica, se hizo responsable de su hijo, también formó hogar con Mayra, y la familia ahora es de 5. Hoy viven tranquilos, pero cuando se le menciona el tema del fútbol, Calica por lo general se queda callado. No ha de ser fácil vivir pensando que pudiste ser otro. Incluso, casi no mira partidos, evitando una realidad, y es que tipos con mucho menos talento, llegaron a primera división.

Calica tenía ese talento. Pero para triunfar en el fútbol, en la vida, se necesita algo más que eso.

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