Hay derrotas que no se miden en el marcador, sino en los abrazos que se dan al final. Cuando el árbitro central pitó el final en el Estadio de Toronto y decretó el 2-1 a favor de Portugal, el césped norteamericano no fue el escenario de una eliminación cualquiera. Fue el cierre definitivo del libro de fábulas más hermoso del fútbol moderno: la era de Luka Modrić con Croacia.
El destino, que suele ser un guionista caprichoso, quiso que el último baile mundialista de Modrić fuera ante Portugal. Una última mirada al frente para encontrarse con Cristiano Ronaldo, evocando batallas de una época dorada en el Real Madrid. Pero esta vez, el premio no era una Champions; era estirar el tiempo un par de días más.
El orgullo antes del crepúsculo
Croacia se plantó con el manual que la hizo eterna: resistir, masticar el partido y golpear con el alma. Al minuto 53, fue Ivan Perišić quien desató la locura ajedrezada. El extremo de 37 años estiró la pierna para mandar a guardar un balón que sabía a gloria. Fue un gol con aroma a los viejos tiempos, a esos que desafiaron la lógica en Rusia y Qatar.
Sin embargo, el guion de este Mundial tenía guardada una crueldad de último minuto. Portugal reaccionó primero con un penal de Cristiano Ronaldo y, cuando la prórroga parecía un hecho en el minuto 93, Gonçalo Ramos apagó la luz de la resistencia croata. Remontada, eliminación y silencio.
Las tres leyendas que bajan el telón
Detrás de las lágrimas y las camisetas intercambiadas, tres nombres propios escribieron sus últimas líneas en la historia de los Mundiales:
Luka Modrić (El adiós del artista): A sus 40 años, Modrić no solo jugó; dictó cátedra hasta donde le dio el físico. Se marcha de las Copas del Mundo con 201 partidos internacionales, una cifra que en Croacia no es un récord, es un monumento. El hombre que rompió la hegemonía del Balón de Oro se despidió con la cabeza alta, aplaudido de pie por todo el estadio, incluidos los rivales.
Ivan Perišić (El guerrero silencioso): Se va de las citas mundialistas haciendo lo que mejor sabe: aparecer en las difíciles. Su gol hoy fue el testamento perfecto de un futbolista que nunca supo lo que era rendirse en una banda.
Ante Budimir (El último obrero): Con 34 años, el delantero del Osasuna vació el tanque en la primera mitad. Su salida en el entretiempo fue el reflejo exacto del cambio de guardia que Croacia ya no puede postergar.
Un país pequeño, un legado infinito
Mañana, las portadas hablarán del pase de Portugal, pero la memoria del fútbol se quedará con la imagen de Modrić caminando hacia el túnel de vestuarios. Croacia, una nación de apenas cuatro millones de habitantes que obligó al planeta fútbol a mirarla de frente durante una década, se queda sin sus arquitectos.
La estafeta pasa ahora a Joško Gvardiol y Mateo Kovačić. La tarea es gigantesca, casi imposible, porque a partir de hoy, Croacia ya no juega para hacer historia... juega para estar a la altura de las leyendas que hoy dijeron adiós.
